Carretera de la Costa

Carretera de la Costa. Asturias, agosto de 2011. © Miki López


A Emilio Fernández le gustaba pararse a observar la desembocadura del Nalón desde la carretera de La Corrada. La pendiente del valle descendía suavemente hasta Caseras y La Florida. Desde allí distinguía con claridad las almenas del Castillo de San Martín y los cargaderos de San Esteban de Pravia sobre los muelles del que había sido uno de los puertos industriales más importantes del norte de España.
Allí nacía el tortuoso tramo de la nacional 632 que, pasando por Somao, El Pito, Cadavedo y una veintena de localidades más, terminaba su viacrucis en la villa de Luarca. La distancia que hoy cubre en parte la inacabada autovía del cantábrico, se despacha en menos de media hora, conectando las laderas por las que serpenteaba la antigua carretera, con monumentales viaductos de alturas vertiginosas por las que cruzan a diario miles de vehículos a 120 Km por hora. La velocidad y la altura impiden ver la inmensidad de un paisaje que solo puede disfrutarse en las distancias cortas, sin superar los 60 km/hora recomendados en el antiguo trazado de la carretera vieja.

Carreterade la costa. Valdés. Agosto de 2011. © Miki López


La primera parada obligada es el aparcamiento del palacio de La Magdalena. Preside el paisaje la torre del Castillo de San Martín que domina poderosamente la ría como un centinela de guardia sobre los puertos de San Esteban y San juan de la Arena. Río arriba son pocos los coches que cruzan el puente de La Portilla. La mayor parte del tráfico alcanza Muros del Nalón desde el nuevo viaducto que atraviesa el río bordeando buena parte de la ladera del Monteagudo.
Para Maruja Vega, de 84 años, las distancias no importaban. Era una niña, pero recuerda con claridad el sonido de las explosiones que en 1936 derribaron el antiguo puente que cruzaba la ría del Nalón. Después de su reconstrucción, pasaron muchos años antes de que viajase a Luarca en el coche de su yerno. Serían mediados de los 70 y recuerda que el viaje se le hizo corto. No podía creerse que hubiese viajado 50 kilómetros en apenas dos horas de trayecto. A fin de cuentas era lo que ella tardaba en caminar a diario la distancia entre Soto y Peñaullán, ida y vuelta, con cargas de ropa y verduras.

Casa de la Torre, Somao (Pravia). Agosto de 2011. . © Miki López


En Muros el viajero solía hacer parada y fonda en Los Zoilos, uno de esos restaurantes que se ganaron su prestigio a base de buena cocina casera, para los que la carretera era su principal fuente de clientela. Gloria López, de 67 años, recuerda que después de comer, algunos salían a pasear por la plaza del pueblo, o subían a Somao a disfrutar de las vistas del cantábrico y de la arquitectura indiana que constituye buena parte de las construcciones más llamativas de este pequeño pueblo praviano. De entre todas ellas destaca notablemente la llamada Casa de la Torre, diseñada por el arquitecto Manuel del Busto “padre” por encargo de Fermín Martínez, director general del Almacén de Coloniales de los Indianos de Somao en Cuba, y considerada una de las edificaciones indianas mejor conservadas de la región.

Cruz de Santa Ana de Montarés. Cudillero. © Miki López


Retomando el camino, los camiones volvían a ralentizar el viaje haciendo que los sentidos de los viajeros se concentrasen en todo lo que les rodeaba. Apenas cubiertos 3 kilómetros desde Somao, la carretera bordeaba El Pito, localidad pixueta en la que Fortunato Selgas edificó en 1883 un monumental palacio de estilo renacentista con diseño firmado por el arquitecto Vicente Lampérez. El edificio, denominado Palacio de La Quinta y visitable previa cita concertada, es sede de un impresionante patrimonio artístico gestionado por la Fundación Selgas en el que destacan obras de Rubens, Goya o El Greco. Además el edificio es un verdadero museo del estilo de vida una de las familias más ricas de la Asturias de finales del siglo XIX y principios del XX.

Palacio del Pito, Cudillero. © Miki López


La carretera continúa siguiendo el trazado del antiguo camino jacobeo de la costa cruzando San Juan de Piñera y bordeando las turberas de Villademar para iniciar el descenso hacía la Concha de Artedo ya convertida en la N-634 a. Desde el apeadero del Ferrocarril Vasco Asturiano, Antoni Gall Soler y Antonia Acuña disfrutan del paseo y el paisaje tras la sobremesa en el restaurante Mariño. Vienen de Manresa huyendo del calor mediterráneo y de las aglomeraciones turísticas de agosto. Comienzan a descubrir el occidente asturiano y ya se reconocen enamorados de su gente y su paisaje, aunque confiesan que lo que les trajo hasta Artedo fueron las buenas referencias gastronómicas. Las distancias y las curvas no les asustan y se encuentran felices hospedados en un alojamiento rural de Oviñana.

San Martín de Luiña. Agosto de 2011.


Dos kilómetros más abajo, la carretera atraviesa el río Uncín después de cruzar bajo los pilares de los dos inmensos viaductos de La Concha. Pequeños caseríos bordean la carretera aunque se nota que las ganaderías ya no tienen la misma presencia que hace un par de décadas. Algunas casas cerradas y en venta son la inequívoca constatación de la triste realidad de una actividad económica en declive. A media tarde, Geert Eichel cruza por delante de la iglesia de San Martín de Luiña cubriendo los últimos metros que le separan de las literas del albergue de peregrinos. Este joven austriaco camina con una sola bota de montaña debido a una llaga en su talón derecho que trata de secar al aire calzando una sandalia de cordura. Los peregrinos descansan en el patio de la antigua escuela conversando en una mezcla de idiomas de media Europa occidental. En un castellano muy básico, Geert se lamenta de no poder haber disfrutado del paisaje en esta jornada tan dura. Al dolor de su talón izquierdo tendrá que sumarle el de las ampollas que acaba de descubrir en la planta de sus pies. “Habrá que descansar un par de días” comenta con resignación. Algunos de sus acompañantes han reservado fuerzas para subir a Oviñana, les han hablado del faro y las impresionantes vistas del cabo de Vidio. Ya habrá tiempo para descansar.

Carro con hierba. San Martín de Luiña. © Miki López


Continuando la marcha hacia Valdredo, la antigua ruta discurre paralela a la autovía por la que los coches parecen volar a una velocidad vertiginosa. La tranquilidad se impone en la nacional 634 b que serpentea, llanea, desciende y vuelve a subir siguiendo los caprichosos trazados que le impone la geología natural de este tramo de costa cantábrica, sumergida en la frondosidad de los bosques de castaños, pinos y eucaliptos que bordean sus cunetas.
En Castañeras la ruta remonta de nuevo la rasa costera. Un pequeño desvío a mano derecha obliga a cubrir un estrecho camino hormigonado que desemboca en una de las postales más emblemáticas de la costa pixueta y occidental de Asturias. La playa del Silencio recorta el Cantábrico con una impresionante tonalidad verde esmeralda y azul turquesa. Javier J. Martínez busca el mejor ángulo para inmortalizar a su mujer y a su hijo desde el alto del acantilado. Descubrieron la cala en internet y han venido a tiro fijo, prendados por la belleza de una postal que ahora disfrutan en tres dimensiones. Al fondo un pequeño grupo de bañistas disfruta de la tranquilidad de una playa sin olas y de difícil acceso que hace verdadero honor a su nombre. Es la tranquilidad del silencio.

Playa del Silencio, Castañeras. Agosto de 2011. © Miki López


Volviendo a la carretera el trazado se suaviza un poco mientras atraviesa las localidades más luminosas de la llanura costera. Después de atravesar Santa Marina, la nacional cruza Ballota donde los vecinos dejan pasar las horas más calurosas de la tarde a la sombra de las antojanas bordeadas de inmensas tierras de maíz que llegan hasta el borde de los acantilados.
Al llegar a Cadavedo un camino vecinal lleva hasta el Campo de la Garita en el que se levanta la pequeña ermita de la Regalina, escenario de una de las fiestas más emblemáticas y concurridas de la comarca. Muchos días queda abierta a visitantes y fieles que depositan rosas y flores en honor de Santa María de Riégala. Apenas dos kilómetros hacia el occidente los indicadores invitan a visitar la torre de Villademoros, una edificación defensiva del siglo XIV, incluida hoy en un complejo de turismo rural privado pero que permite la visita a la histórica torre de un castillo cuyo interior ha sido habilitado como suite para un descanso de lujo.

Torre de Villademoros. Agosto de 2011. © Miki López


Continuando por la rasa, la nacional 634 se tropieza con las rotondas que dan acceso a la autovía del Cantábrico. En Querúas un camino casi en línea recta atraviesa invernaderos y campos de maíz hasta morir en la misma puerta del faro de Busto. El nordeste sopla con fuerza en el entorno del edificio. En el mirador acordonado, Jose Manuel del Valle y Susana Cañeque otean el horizonte con uno prismáticos de largo alcance. Vienen de Madrid y son habituales de esta zona de Asturias por la tranquilidad y los buenos servicios que les ofrece la comarca. No desdeñan el oriente de la región pero lo ven demasiado turístico para disfrutar de un descanso real y en condiciones. El nordeste refresca el cuerpo y la mente de los que salen del bullicio de la gran urbe madrileña, así que se encuentran encantados descansando en el camping de Luarca.

Faro de Busto. Agosto de 2011. © Miki López


Retomando el camino, la nacional desciende con suavidad hasta el viejo puente de hormigón que cruza el Rio Esva, caudal salmonero y de cauce oscuro que inspiró muchos de los versos en asturiano del padre Galo, poeta y religioso de principios de siglo, profundamente volcado en la creación de textos alusivos al entorno de su pueblo natal, Cadavedo . Desde este mismo lugar se divisa el viaducto de Cueva, paralelo a la línea del horizonte y superando el pueblo que le da nombre, ubicado sobre una ladera que desciende hasta la playa. Allí descansa otro grupo de peregrinos canarios que cubren su jornada en bicicleta. Van encabezados por Jose Antonio Madiedo, que se autodefine como gijonés exiliado en Madrid. Reconoce que la ruta en autovía impide disfrutar de las joyas paisajísticas y culturales que revela la antigua carretera de Luarca, aunque también entiende la comodidad y el relanzamiento económico que las nuevas infraestructuras pueden aportar a la comarca. Recuerda las rutas que cubrían a mediados de siglo las líneas del Alsa de la zona, en las que los estudiantes ahorraban algo de dinero del pasaje ocupando los asientos al aire libre de la cubierta del autobús combatiendo el frío del invierno con licores y orujos que hacían mucho más llevadero lo sinuoso del viaje.

Viaducto de FEVE sobre la nacional 634. Agosto 2011. © Miki López


Después del descanso los ciclistas inician su último tramo antes de llegar a Luarca. En Barcia y desde la misma carretera se ven los muros del antiguo cementerio moro, medio abandonado entre la maleza. Construido en 1936, en su superficie de 4000 metros cuadrados se encuentran sepultados los cuerpos de más de 200 soldados marroquíes que murieron en El Escamplero durante el asedio de las tropas del ejército de Franco a la ciudad de Oviedo. Posiblemente sea una de esas construcciones que suscitan más curiosidad en los viajeros y que forma parte del interés de una ruta de gran importancia histórica y estratégica en la comunicación con la comunidad gallega.

Cementerio Moro de Barcia. Valdés. © Miki López


En Barcia el empalme con la autovía del Cantábrico los coches entran en el embudo de acceso al centro urbano de Luarca, la villa blanca de la costa verde, por la que ya no cruzan los camiones que torturaban con lentitud a los más impacientes conductores.
Más de hora y media para un viaje de 65 kilómetros que como a Maruja Vega, se nos hizo corto gracias al paisaje, a las gentes y a las historias que cuenta el trazado de la antigua nacional entre Soto del Barco y Luarca. Historias para ver, leer y escuchar.
En la vieja carretera de la costa nunca hubo prisas por llegar. Para eso ya está la autovía.

Todas las fotos del viaje pinchando aquí. www.mikilopez.com

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