Juego de niños

Un profesor de sociología con barba, gafas de pasta y paso encorvado cruzaba todas las mañanas el umbral de un aula semidespoblada por culpa de los exámenes de febrero. Antes de dejar su cartera sobre la mesa y sin levantar el ángulo de su mirada gacha, comenzaba su clase con una metáfora contundente en relación al tema que pretendía tratar ese día.

Recuerdo algunas referentes al asunto del juego como elemento fundamental en el desarrollo cognitivo de los niños en las que llegaba a la conclusión de que si había algo en común en todos los críos, independientemente de raza, religión o estatus social, era precisamente el juego.
En aquellos tiempos de estudiante en los que ya echaba de menos lo de haber dejado de ser niño, varios profesores nos hablaban de los juegos como la proyección infantil del mundo de los mayores sin el aliño de la maldad generalizada que envuelve las acciones de los adultos.

Niño jugando en Las Meanas. Avilés, 2011. © Miki López


Jugar a la guerra sigue siendo una de las actividades preferidas de los chiquillos. En mis tiempos los hacíamos por las calles del pueblo con escopetas y pistolas de juguete. Ahora está de moda el “Call of Duty” en sus versiones Segunda Guerra Mundial o Conflicto en Oriente Próximo para PlayStation, Nintendo DSi o Wii. Al final el mismo juego con la diferencia de que hoy, la tecnología, convierte a un niño en un asesino de mentira que no duda en meter una bala entre ceja y ceja a un contrario que parece de verdad. La única diferencia con la guerra real es que en el video juego te mueves menos y si te matan, ni duele ni es irreversible.
Antes por lo menos corríamos y nos dábamos de narices en un suelo de piedras cuando tropezabas tratando de huir del enemigo que disparaba ráfagas de metralleta con sus cuerdas vocales. Tampoco había sangre más allá de algún que otro arañazo en las rodillas que desaparecía con un poco de algodón y agua oxigenada.
Siguiendo la línea de aquellos profesores me doy cuenta de que es imposible que los niños dejen de jugar a la guerra. A fin de cuentas es una de esas enfermedades de la humanidad que no tiene ni cura ni vacuna. Muchos sociólogos creen que la base del conflicto es la desigualdad. Y tristemente eso, a fecha de hoy, tiene mala solución.
Hace meses tuve que hacer una serie de fotos que reflejasen las diferencias entre Benin (Africa Occidental) y Asturias. En una de ellas un niño descalzo corría de espaldas a la cámara haciendo rodar una rueda de bicicleta con un palo. A miles de kilómetros otro niño de la misma edad corría con el mismo porte detrás de un hermoso balón reglamentario de la LFP, después de haber quedado campeón del mundo en el FIFA World Player Football de la Wii en una pantalla LCD de 40 pulgadas, en la que horas antes se había despachado matando nazis mientras tomaba el Reichstag con una unidad de acorazados soviéticos.
El crío de Benin seguramente se fue a su casa tan feliz, sin ser consciente de que si algún día la guerra se cruza en su camino, no lo hará con la seguridad de un mando de PlayStation en las manos.

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Un pensamiento en “Juego de niños

  1. Y pensar que a mi me gustan los juegos de francotirador…eso sí mato sin dolor…igual que algunos pescadores hacen con algunas truchas…sin muerte…posiblemente debido a que lo último que maté de verdad fue un jilguero…cayó al suelo y le tuve que dar un tiro de gracia…era una hermosa mañana de primavera en Grado en la finca de mis abuelos…no se me olvidará nunca…fue mi último asesisanato pese a que ya han pasado más de 20 y hasta de 40 años…para mi nunca prescribirá.

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