Riopedre

Jose Luis Iglesias Riopedre acompañado por su mujer y un amigo. Oviedo, 8 de marzo de 2011. © Miki López


Cuando se bajó del taxí acompañado de su mujer, su rostro no reflejaba los estigmas de la cárcel que todos aventurábamos en él. Su abrigo habitual y una corbata un tanto torcida en el nudo, vestían al hombre de siempre. En los escasos cincuenta metros que separaban la puerta del coche de la improvisada sala del prensa de un restaurante-sidrería con menú de antroxu, no apeó ni un instante la sonrisa mientras apretaba la mano de su mujer. Entre el traqueteo de los obturadores de una decena de cámaras se le escapó una frase cargada de cierto tono de despecho:
“Hoy que hagan todas las fotos que quieran”
En el bar todos le abrazaban, pero en ningún momento apareció en su mirada ni un resquicio de emoción, aunque sus gestos dibujaban una sensación de alivio. Casi de alegría.

Riopedre abrazado por un amigo al día siguiente de su puesta en libertad bajo fianza. © Miki López


Como siempre, fue claro en su oratoria amparando su silencio informativo en su propia defensa, como era lógico y de prever. No hay preguntas porque no se pueden contestar. Y tras un intento fallido por levantarse, la nube de fotógrafos y cámaras seguíamos allí apuntándole con nuestros objetivos, tratando de escudriñar o intuir un gesto de emoción. Se sentó de nuevo y esperó tranquilamente a que nos cansásemos de esperar por esa foto de primera que nunca llegó.
Es posible que el tiempo le absuelva de ese juicio en el que, según él, ya le ha condenado la sociedad. Es posible que tengamos que pedirle perdón dentro de unos meses por esa foto furtiva y desenfocada de un delincuente esposado, desaliñado y cabizbajo entrando en un furgón policial.

Rueda de prensa de Jose Luis Iglesias Riopedre tras su puesta en libertad. © Miki López


Si no es así, volverá a la cárcel. Al mismo lugar en el que tendrían que estar muchos políticos que no necesitan de una colecta popular para pagar sus fianzas, y que posiblemente por eso mismo, jamás tendrán que desenvolverse en los escasos 7 metros cuadrados que enmarcan las paredes de una celda.
Ni en responsabilidad política somos capaces de medir con el mismo rasero. Así nos va.

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