Noche Oscura

Faro de San Juan. Febrero de 2010. © Miki López


Febrero y aquel frío atardecer fundían el horizonte en una línea casi indefinida. Pinceladas de nubes oscuras moteaban un cielo que luchaba por no oscurecerse y morir en una tarde más. En un día menos.
La linterna del faro rasgaba la recién nacida noche con intensas heridas de luz, aliviando la frialdad de un nordeste que se clavaba en la piel como miles de punzadas de alfiler.
Los que nacimos a orillas del Cantábrico conocemos muy bien esa sensación. Muchos de mis amigos sienten esa fascinación por el invierno y la luz redentora de los faros que rompen la oscuridad. Porque en este mar, en un invierno largo y frío, en una traicionera calma que presagia tempestad, la oscuridad, muchas veces, es la incondicional compañera de la muerte.
Febrero sigue, pero no es eterno. Eso también alivia.

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