Cuento de Navidad

Luces de Navidad y tráfico en la calle Uría. Oviedo, 25 de diciembre de 2010. © Miki López


Dio cerrojazo a la puerta que había abierto una y otra vez durante los últimos diez años. Diez años de madrugones y nocturnidades intercambiados por unos pocos euros por foto publicada. Diez años dándolo todo recibiendo casi nada, pero convencido de dedicar su vida a la profesión más hermosa del mundo. Un expediente de regulación atropelló a otros compañeros con la violencia con que aguantaron las embestidas de los nacionales, en aquellos últimos dias que compartieron durante las movilizaciones de la naval, cuando les contaban las mismas tristes historias de miserias, crisis e individuos con buenos trajes y malas intenciones.
Pero para él no había colchón de paro, ni comprensión sindical, ni convenios colectivos a los que agarrarse. En la bolsa, una vieja Nikon digital que montaba un desgastado 18-55 mm herido por multitud de batallas en calles sin nombre para ilustrar textos de autores con inicial y apellido en negrita. La llamada llegó a media tarde, esa hora en la que solo se encargan olvidos o marrones. Un extraño tono del culpabilidad rompía la monotonía de aquella voz tan familiar. No habría más fotos que encargar. Quizás más adelante…
Después de cerrar la tapa del móvil no sentía nada. No le dolían las horas de guardia, ni las ropas caladas por los temporales, ni el sueño perdido dentro de un coche esperando por aquella foto que jamás llegó, ni las averías de material que arañaban parte de aquel pequeño salario fruto de un trabajo sin derecho a nada y con obligación de todo.
Solo quedaba la pena de la incertidumbre y de la indiferencia de muchos que en algún momento de su vida le habían llamado compañero y que por arte de magia le habían hecho desaparecer de la carpeta de contactos de su teléfono. Tuvo la tentación de echarse la culpa. Y posiblemente cabía una parte de responsabilidad en su propia desgracia. La de ser uno de esos fotoperiodistas vocacionales en los que el deber estaba por encima de los ingresos.
Calle abajo la tarde oscurecía los rincones de una ciudad que amenazaba con encender sus luces de Navidad. Y el teléfono volvió a sonar. Y no paró a lo largo de los 15 dias que duraron aquellas fiestas. Cada vez con una voz distinta. Con la voz de alguien que quería volver a sonreír delante de aquella vieja Nikon digital con el objetivo desgastado.
Y volvió a apretar el disparador con el sentimiento del que seguía formando parte de aquel grupo de valientes que tenían el ánimo de seguir dedicándose a la profesión más hermosa del mundo. Dándolo todo por nada. Que por algo es Navidad.

Colorín colorado, este cuento no ha acabado.

Felices fiestas a todos.

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8 pensamientos en “Cuento de Navidad

  1. Querido y sin embargo Miki.
    Me acabas de encoger el corazón…no se que decir…si acaso que …ira que me gustan tus fotos…pero si me pides que elija entre tus fotos o tus textos…me pondrías en un serio compromiso.

  2. Chapeau ,aunque por ponerle alguna pega…de cuento tiene poco.La realidad siempre supera a la ficción, c´est la vie.Eloy

  3. Siempre en la brecha compañero, si uno se cae, se levanta, las veces que haga falta, hasta el final!!!

    Ya me contaras lo de las “embestidas de los nacionales” tomando un cafetin… 😉

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