La casa bajo el árbol

Los recuerdos más tristes no son precisamente los más fáciles de olvidar. Muchas veces intentamos camuflarlos entre las marañas de la memoria, tratando de huir de la pena como el que esconde un juguete roto. Pero los recuerdos fluyen de la nada cuando menos te lo esperas y es inútil tratar de echarles tierra por encima. Se filtran incluso desde la evocación de las sensaciones más hermosas, seguramente porque las penas son complementarias de los buenos momentos. No se podría entender la vida sin la tristeza de la muerte.

Caseta bajo un árbol. Salas, noviembre de 2010. © Miki López


N’arba tenía diez años cuando murió. Ser perro es lo que tiene. Llegas, dices hola y cuando apenas te acomodas, ya estás diciendo adiós. Pero en mi caso, este bicho dejó tantos buenos recuerdos que me temo que seré incapaz de volver a congeniar con un compañero cuadrúpedo. Mis hijos miran su foto y la recuerdan con el mismo cariño con el que ella los recibió cuando entraron en casa por primera vez. Iyán no olvidará nunca los lametazos a modo de besos que aquella enorme Alaska Malamute le dio unos días antes de enfermar y morir.
Hace justo ahora tres años que N’arba espiró su último aliento sobre mi regazo. Le cerré los ojos y le di el beso más triste de los miles que recibió en esta casa. Pocas horas después, cubierta en la misma manta en la que pasaba acurrucada las largas noches de invierno, la cubrimos de tierra en un lugar desde el que seguirá escuchando las risas de los niños bajo la sombra de los árboles que la cobijan. Y desde aquí, mirando al mar, seguiré recordando a mi pequeña amiga. Perdóname por no haberte dado como dueño ni la mitad de lo que tú me diste como compañera. Me imagino que si existe el cielo, seguro que estará inmensamente más poblado de perros que de personas, así que estarás muy bien acompañada.
Mi querido “Bito”, ten por seguro que en esta casa jamás, jamás, jamás te olvidaremos.

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5 pensamientos en “La casa bajo el árbol

  1. Joer… Miki… qué bonito y que triste… me has hecho recordar a mi Maki que me acompañó desde los 12 a los 24 … muchas alegrías nos dan pero cómo cuesta perderlos… mira los años que han pasado y yo sigo llorando… voy a poner esto perdido…
    Un abrazo!

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