Despreciados

Manuel Preciado, entrenador del Sporting. © Miki López


Andaba yo terminando la EGB entre los muros del Colegio San Luis de Pravia, cuando a mitad de curso llegó al centro un nuevo compañero. Básicamente cumplía con los requisitos del estudiante interno tipo que nutría las aulas de aquel centro educativo con aires de reformatorio clasista: familia adinerada, sin un mínimo interés por el estudio y al que sus padres trataban de meter en vereda con este régimen de reclusión que no siempre daba el resultado apetecido.
A este nuevo alumno había que sumarle, entre otras virtudes, la arrogancia, la chulería, la prepotencia y un volumen de peso y tamaño bastante considerable para su edad, lo que le hacía potencialmente peligroso en los altercados de patio y pasillo que normalmente acababan en ensalada de ostias.
Recuerdo muy bien como trataba de medir sus “virtudes” con otras joyas de la corona sanluisera, hablando del jaguar de 8 cilindros de su padre, o de sus viajes veraniegos a California de donde se traía cajas y cajas de zapatillas Nike que, según él, regalaba a sus allegados más pobres después de estrenarlas. El caso es que el caballero en cuestión decidió que el resto de los mortales con los que compartía pupitre eran algo así como los lacayos que deberían de sacarle lustre a sus Nike. Cuando se enteraba de que tu padre trabajaba en ENSIDESA se doblaba a carcajadas y tenía el acto reflejo de echar la mano al bolsillo para darte una limosna. Y pa acabar, el individuo, además de 80 kilos de peso tenía la mano ligeramente suelta y una especial facilidad de herir en esa parte del orgullo que más suele doler.
El caso es que un día, uno de esos hijos de ENSIDESA, que llegaba al colegio en un Seat 127 y al que su padre le costaba un cojón llegar a fin de mes, le dejó la cara como si le hubiese pasado un Jaguar de 8 cilindros por encima.
La respuesta del padre de la criatura fue contundente: exigía la expulsión y correspondiente sanción disciplinaria hacia el agresor, al que su hijo previamente había llamado con reiteración “BORONO” (aldeano) a la entrada de la primera clase matinal. Además de la expulsión temporal, el altercado le costó un par de bofetadas de propina de la que subía al 127.
Total que el puntu se llevo un par de ostias pero siguió paseando su prepotencia por las aulas del San Luis durante unos años más, marchándose en el jaguar y con el estigma de haber llevado marcados en su cara, los puñetazos de un pobre borono.
Toda esta historia me la recordó estos días el altercado del Molinón, al que llega un señor con un montón de pasta (Florentino) y con un hijo (Real Madrid) al que la educación se le va escapando con los años. Y si el guaje las mama, papa encima enfádase.
A mí no me gustan los niños repelentes. Y creo que a Preciado tampoco y por eso se puso como un jaguar de ocho cilindros. La pena ye que ya verás cómo lleva dos osties en cuanto se suba al 127.

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Un pensamiento en “Despreciados

  1. Miki, yes la leche!

    Qué razón tienes, a mí tampoco me gustan los niños repelentes, pero sabes lo peor de todo?
    Que esto, es fútbol, un deporte, y como siempre, acabamos a osties.

    Un abrazo compañero!

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