Pescadores

Pescador al atardecer. 2008. © Miki López


En verano bajábamos a la rambla, un antiguo cargadero de carbón que la pleamar dejaba totalmente cubierto en las mareas grandes. Mi padre preparaba aquellas cañas telescópicas de fibra azul que nos había comprado por navidad y nos mantenía fuera del alcance de la caja de los anzuelos mientras los anudaba con maestría en los aparejos de nailon fino que prendían de las plomadas.
Era una delicia sentarse entre los juncos de la ribera baja del Nalón y quedarse inmóvil esperando el leve pulsar de la caña cuando las roballizas mordían el anzuelo. Algunas mañanas aprovechábamos el sentido de las mareas para salir con la barca hasta un playón que quedaba enfrente del Castillo de San Martín. Todavía recuerdo aquellos bocatas de chorizo como uno de los manjares más preciados de mi culinaria memoria infantil, solo capaces de competir con los de la media barra de pan con nocilla de los sábados por la tarde.
En aquellos tiempos del naranjito y de la resaca del 23F, los críos del bajo Nalón éramos una especie de Tom Sawyers a la búsqueda de un tesoro tan efímero como el que suponía cruzar a nado El Cantil. Algo que hoy parace tan sencillo te daba categoría de algo así como un veterano de guerra ante tus iguales. Era el rito iniciático por el que dejabas de ser niño tan solo con hincar la rodilla en la orilla contraria. El sentimiento de triunfo era tan grande como el sofoco que te ahogaba el aliento. Pocas sensaciones he tenido tan gratificantes como aquella demostración de hombría infantil que casi te quitaba el sueño.
El río fue nuestro compañero de juegos hasta que se convirtió en nuestro socio de ingresos en los gloriosos tiempos de la angula. Mi hermano y yo pasamos auténticas noches de frio esperando unas mareas que parecían no llegar jamás. Botas de plástico, calcetines dobles y manoplas de borreguillo eran la débil defensa ante las temperaturas bajo cero que la brisa del nordeste convertía en verdaderas corrientes glaciares. Un viejo candil de carburo aportaba la única fuente de luz y calor en las noches de oscuro. Recuerdo que cuando llegábamos a casa y nos quitábamos los calcetines dobles, los pies comenzaban a picarnos de forma insoportable como consecuencia del brutal cambio de temperatura que suponía entrar en la enorme sala caldeada por la cocina de carbón que nuestra madre se encargaba de alimentar hasta avanzada la medianoche . Nos dormíamos a pocas horas del amanecer, mientras mi mente reproducía una y otra vez el serpenteante baile de las angulas que se deslizaban de la piñera al caldero.
Con el cansancio de la madrugada solo nos quedaba soñar. Y vaya que si lo hacíamos.

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3 pensamientos en “Pescadores

  1. Eres como el baúl de los recuerdos. Traes a mi memoria vivencias lejanas que me hacen rememorar aquellos años de niñez. Me parece estar viéndoos a los dos con aquellos bañadores diminutos enseñando el costillar, mientras yo presumía de mi bikini (con las dos piezas, por supuesto) y mi flotador de Mafalda. Bendita niñez…

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