Los dedos del gaitero

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El gaitero Ignacio Noriega y Manuel Vega. San Roque del Acebal. Septiembre de 2007. © Miki López


Movía los dedos con precisión y de forma vertiginosa al compás de los toques casi metálicos del tambor de Manuel Vela. Estábamos apretujados entre el agradable desorden del taller en el que el gaitero Ignacio Noriega colocaba los mayuelos en los cencerros para las vacas. Algunos fuelles de cabrito para su gaita y cuadros alusivos al instrumento asomaban entre aquellas montañas de cobre que alguna vez encontraban su sitio entre las estanterías de madera que cubrían todo el ancho de una de las paredes.
De vez en cuando sacaba una vena bromista y socarrona con la maldad del viejo gaitero. Eran una especie de avisos y reproches al aire para quien los quisiese coger y lanzados con ese toque de genialidad egocéntrica que reviste ese exterior humano de algunos artistas realmente especiales.
Era octubre de 2007. Dos horas fueron suficientes para entender el amor desmesurado que el viejo maestro sentía por el instrumento. Hoy, uno de sus más fervientes admiradores, el gaitero José Ángel Hevia, tocará el himno de Covadonga en su funeral. Seguro que será un orgullo para ambos.
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El gaitero Ignacio Noriega. San Roque de Acebal. Septiembre de 2007. © Miki López

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