Grandas de Salime: sin prisas

Niños y oveja. Xestoselo, Grandas de Salime. Febrero de 2008.  © Miki López
En febrero de 2006 me lanzaba por la carretera Grandas a Fonsagrada con el apuro del que se le viene encima las penumbras de las frías noches invernales del suroccidente asturiano. Trataba de encontrar los restos arqueológicos del canal de agua de Panafurada, vestigios de minería romana por cuyos canales de agua excavados en la roca todavía se pueden recorrer atravesando un paraje intacto después de dos milenios de historia. Creo que llevaba una cierta angustia acrecentada por el hecho que en los dos últimos kilómetros no había tropezado ni con un alma que me pudiese ayudar al menos a orientarme.
En una pequeña recta a la altura del pueblo de Xestoselo, un hombre de mediana edad trasquilaba una oveja que tenia amarrada a la defensa de su coche mientras sus hijos jugaban a su alrededor. Paré la moto a su lado y le pregunté rápidamente por Penafurada. El hombre dejó un momento las enormes tijeras y me miró sonriendo. -“Tranquilo home, nun va marchar de onde ta”
Debía de tener ganas de charlar y yo ganas de salir disparado antes de que me quedara sin la luz necesaria para tirar un par de fotos de la mina.
Me lo indicó y salí de allí como alma que lleva el diablo. Estaba cerca y tuve tiempo de sobra para trabajar. De hecho me sobró porque había poco que fotografiar: un túnel estrecho incrustado en un pequeño y solitario valle en el que la nieve del invierno casi era perpetua por lo sombrío del lugar.
A la vuelta el hombre seguía con su tarea. Ya más tranquilo paré y le agradecí la información. Charlamos durante un rato mientras les hacía unas fotos a sus hijos por petición suya. Cuando volví a arrancar la moto para irme se despidió: “nun corras que va xelar. Sin prisas”.
Que razón tenía. Viviendo en las ciudades damos al tiempo un valor que realmente no tiene. Esas prisas que nos absorben la vida sin que nos demos cuenta, desaparecen en esos confines de Asturias donde el valor de las cosas está en ellas mismas, no en el tiempo en que tardas en hacerlas. Anochecía cuando cruzaba el solitario puerto del Palo. En el retrovisor vi el rojo atardecer de aquel frío invierno. Paré la moto y me puse a hacer fotos de las siluetas de aquellos molinos recortados contra el cielo naranja. Con tranquilidad y sin prisas disfruté como nunca de un espectáculo como aquel. Al otro día volví puntual a mi cita con el estrés.

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Parque eólico desde el Puerto del Palo. Febrero de 2006. © Miki López

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